La amatista es una variedad violeta del cuarzo, que va del lila pálido al púrpura real profundo, coloreada por trazas de hierro e irradiación natural. Se forma en geodas y drusas, con yacimientos importantes en Brasil, Uruguay y Zambia. Apreciada desde la antigüedad, los griegos creían que protegía de la embriaguez: su nombre significa «no ebrio».
La amatista es una de las piedras espirituales más poderosas, venerada por calmar la mente y abrir el ser superior. Aquieta el parloteo mental, lo que la convierte en favorita para la meditación y para profundizar la intuición. Considerada desde siempre una piedra de protección, crea un escudo energético sereno que transmuta la negatividad en amor. Realza la conciencia espiritual, la capacidad psíquica y la conexión con la guía interior, a la vez que promueve la sobriedad y la claridad de propósito. Muchos la tienen cerca para serenar una mente hiperactiva e invitar a la paz.
En lo emocional, la amatista alivia la ansiedad, el estrés y el duelo, ayudando a soltar el miedo y a calmar un corazón acelerado. Se usa tradicionalmente para favorecer el sueño reparador y aliviar el insomnio y las pesadillas cuando se coloca junto a la cama. En lo físico, se asocia con el alivio de los dolores de cabeza tensionales y el apoyo al sistema nervioso. Es una piedra suave y estabilizadora para quien se siente sobrepasado.
Medita con la amatista en la mano o sobre el tercer ojo para profundizar la quietud y la intuición. Ten una drusa en el dormitorio para un sueño reparador, o en el lugar de trabajo para calmar la saturación mental. Llévala como joya para portar su serena protección durante el día. Colocada en una sala, eleva y purifica el ambiente.
La amatista activa los chakras del Tercer Ojo y de la Corona, abriendo la intuición, la visión espiritual y la conexión con la conciencia superior.
La amatista está especialmente conectada con Piscis, Virgo, Acuario y Capricornio, y es la piedra natal tradicional de febrero.
Limpia la amatista bajo agua corriente, con humo de salvia o palo santo, o sobre una placa de selenita. Recárgala bajo una luz de luna suave y no al sol directo, pues el sol prolongado puede desvanecer su color púrpura.
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